Cagatintas y otros ocios



Por lo que a mi término de residencia se refiere, existe memoria de cuando el número de funcionarios municipales no llegaba al centenar. Todavía no era moda el chanchullete de las subcontratas. Aquellos empleados, ellos solitos y sin poner cara de moco, atendían al contribuyente y se ocupaban del cuidado de las zonas verdes, de los recibos, de arreglar baches, de reponer baldosas, del servicio de aguas, de la limpieza de las calles, de la recogida de basuras y, en resumen, de la buena marcha de las ‘quaestiones urbis’. La ajustada plantilla de la policía local estaba organizada en proporción de uno a diez: por cada agente en la oficina, diez pateaban la calle; o sea, justo al revés que ahora. Había también, para solaz dominical y realces protocolarios, una banda de música muy apañadita. Y un relojero que cuidaba del magnífico reloj inglés de la torre consistorial y unos concejales con vida laboral acreditada.

El panorama ha cambiado bastante. Prácticamente todos los servicios municipales están privatizados, total o parcialmente: recogida de basuras, mantenimiento de vías públicas, cuidado de zonas verdes, obras, iluminación, saneamiento… Incluso la seguridad de los edificios municipales está subrogada, ya que la policía local está dedicada a labores recaudatorias a través de la (atentos al rótulo) ‘Unidade Administrativa de Sancións’. Así las cosas, habrá qué preguntar en qué tareas se ocupa una plantilla de casi setecientos trabajadores, sin incluir los asesores digitales de los grupos políticos, dedicados a zanganear, intrigar, cobrar y rascarla. Es un misterio, al igual que el escondite de la gran placa que hasta hace unos años lució en la fachada de la casa donde nació el Doctor Castro, finca número 20 de la calle Batitales, y de aquella otra dedicada a honrar la memoria de Aureliano J. Pereira, ambas apeadas por decreto. Será interesante seguirles la pista; tal vez así lleguemos a descubrir el nivel de la inverecundia consistorial… o la cueva de Alí Babá.

Entre las plazas incluidas en ese saco sin fondo que los gilipollas llaman «errepeté» (RPT, o sea, Relación de Puestos de Trabajo, antes plantilla municipal a secas) figura la de ‘Lector de contadores de agua’, función, por lo visto, de intrincada pericia, ya que, según las crónicas, la lectura de muchos de los contadores de agua del término municipal se hace a ojo de buen cubero. Siempre con cálculos por arriba, obviamente. «Mira no recibo cánto gastaron aquí o mes pasado». «Vinte metros cúbicos». «Pois mételle cincuenta. E si non está de acordo que reclame». Habrá que habilitar una oficina para atención de los contribuyentes enaguachados, que dicen por Perú.

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