del realismo mágico a la cumbre del lenguaje simbólico

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Situar rupturismo y Miró (1893-1983) en la misma frase es casi un pleonasmo, pero si hubo una espoleta que activó la explosión creativa del artista fue París. En los periodos alternos en los que Joan Miró vivió y creó en Francia, que se extienden durante 25 años, el magma de las vanguardias fue “fundamental” en la metamorfosis de su obra.

Después de varios tránsitos, el pintor concluyó en el punto de partida original con la recuperación de una espiritualidad fragmentada en flores e insectos. Un arte inédito apuntalado en su magnetismo por un mundo onírico que continúa noqueando en su enigmática belleza.

Esta evolución en su trayectoria es la que acota el Museo Guggenheim de Bilbao en la amplia muestra Joan Miró. La realidad absoluta. París. 1920-1945, que engloba más de 80 obras.





‘Pintura’ (El sol),1927. Cortesía The David & Ezra Nahmad Collection

Miró convirtió la experiencia de vida en un proyecto mito-poético en busca del sentido mágico del presente. Dinamita el canon sin complejos: ignora olímpicamente el arte figurativo y la abstracción pura.

Abre una tercera vía que remite al enunciado de los surrealistas de Breton y Eluard, con los que conecta en su caldo de cultivo parisino, que empujan hacia una nueva “realidad absoluta” que incorpora la voz interna de los poetas a la realidad exterior.

“A él le interesaba la pintura primitiva y a los otros surrealistas también y el sentido espiritual, algo que ellos pensaban que había desaparecido del arte del siglo XIX. También era el momento en el que leían a Jung y a Freud porque había irrumpido el psicoanálisis. Interesaba mucho a los artistas nuevos el mundo de los sueños”, señala el comisario y estudioso de la obra de Miró, Enrique Juncosa.

La deconstrucción de la narrativa

A comienzo de los años 20 el artista catalán trabaja en su primer estudio de París en el 45 de la Rue Blomet, se vuelca en creaciones detallistas donde hojas y plantas, que se asemejan a delicados caligramas orientales, pueblan sus lienzos.

Son una suerte de representación de las emociones que le provocan los paisajes en un filtro visionario hacia dentro. Miró se interesa por lo inconexo y deconstruye la narrativa en sus pinturas de realismo mágico de las que hay decenas de borradores previos, en un trabajo incansable.

“En esa época tenía poco dinero para comer y pasaba largar temporadas de ayuno. Miraba durante horas las grietas de la pared de su estudio y cuando llevaba un rato allí, veía emerger formas que salían de las irregularidades de la pared: son todos estos personajes e imágenes que llenan sus cuadros a partir de entonces”, afirma Juncosa.





‘El saltamontes’, 1926. Basil & Elise Goulandris Foundation, Atenas

Poco a poco las formas se estilizan y en los años 30 desemboca plenamente en el expresionismo como en Grupo de Personajes en el bosque (1931) o las Pinturas salvajes (1934-1938).

El artista eleva la experimentación continúa con materiales como el alquitrán, el celotex (malla fina de algodón) o la masonita (una especie de cartonaje), con los que “construye” 27 pinturas con figuras monstruosas y muy agresivas que contienen su ansiedad por el estallido de la Guerra Civil española.

La culminación de la exploración de su propio lenguaje de signos emerge en sus Constelaciones, que encauzan una forma de expresión universal y han sido poco estudiadas. Las inventa en Normandía donde se exilia cuando los nazis toman París.

“Después de pintar, mojaba mis pinceles en aguarrás y los secaba sobre hojas blancas de papel, sin seguir ideas preconcebidas. La superficie manchada me estimulaba y provocaba el nacimiento de formas, figuras humanas, animales, estrellas del cielo y la luna”, explicó el propio Miró sobre la génesis de las pinturas, que se mostraron por primera vez en 1945 en Nueva York causando un gran impacto al ser las primeras obras que se exhibían durante la IIGM.





‘Mujer y pájaro en la noche’, 1945. Fundació Joan Miró, Barcelona. Colección particular

“Miró pinta sus constelaciones en los años 40 y 41 y luego estuvo un tiempo sin pintar hasta que se llega a sus obras de mediados de los 40, que son ya más parecidas a las que luego le proporcionarían un sello personal y reconocible y que son las que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en un Miró”, señala el comisario sobre la cumbre de la etapa de las “pinturas blancas” (1945).

La exposición del Guggenheim incluye cinco de estas obras que pertenecen a una serie de gran formato entre las que se encuentra Mujer y pájaro en la noche [Ver imagen superior]. En paralelo, Joan Miró comienza a interesarse por la cerámica y emerge una simbología inédita. De nuevo, la ruptura.

“En los títulos de las pinturas blancas siempre aparece la palabra noche. Hay fondos blancos y luminosos. Eso conecta con la idea de luz nocturna como algo espiritual”, concluye Enrique Juncosa.

Fuente

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