«El mejor homenaje es seguir leyéndolo»

«El mejor homenaje es seguir leyéndolo»

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En la última aventura que les había encomendado el Súper, Mortadelo y Filemón viajaban a París para salvar los Juegos Olímpicos del ataque de unos temibles drones. La misión prometía ser – como siempre – disparatada y descacharrante. Se adivina por el guion mecanografiado y los bocetos que Francisco Ibáñez dejó sobre su mesa de dibujo, cuando falleció el 15 de julio de 2023. Apenas veinte páginas que son ya «historia viva del cómic», en palabras de Gemma Xiol, directora de editorial de Bruguera, que publica ahora esa historieta inacabada a modo de homenaje póstumo al genial dibujante.

«Para nosotros ha sido una experiencia única como editores. Las páginas tienen tanta vida, que, al trabajar con ellas – explica Xiol – teníamos la sensación de que en cualquier momento iba a aparecer Ibáñez a hacernos la siguiente entrega». Hasta la noche antes de fallecer – a los 87 años – Ibáñez siguió trabajando. Su obsesión era seguir haciendo reír a los lectores, entregándoles más y más historietas. «Nunca se despegaba de la mesa de dibujo», asegura el actor Carlos Areces, probablemente el mayor el mayor coleccionista y estudioso de la obra de Ibáñez. «Era un tío que siempre se consideró más un obrero del lápiz que otra cosa, era un estajanovista. Pero lo cierto – señala – es que sí había arte ahí detrás, porque saber entretener durante los más de setenta años que estuvo Ibáñez haciendo cómic de manera profesional no es fácil».

Entre los más de veinte mil cómics que Areces atesora en su casa, los del padre de Mortadelo y Filemón tienen un lugar destacado. Los tiene todos, sin excepción. Con gran generosidad, se presta a enseñarnos algunos de los que para él son más especiales. Uno de ellos, la primera viñeta que le publicaron a Ibáñez en 1947 en la revista ‘Chicos’, con apenas once años. O el número 1394 de la revista ‘Pulgarcito’, una pieza codiciada por los coleccionistas porque «ahí aparece la primera historieta de Mortadelo y Filemón». Su afán coleccionista se remonta a su niñez: «Empecé cuando empecé a leer, me empecé a interesar por los tebeos y había unos que, dentro de mi iconografía particular, destacaban especialmente que eran los de Mortadelo y Filemón«, rememora con entusiasmo.

«Tenían mucha más agilidad, tenían más violencia, que es una cosa que a los niños también nos estimulaba mucho», bromea Areces, que llegó a conocer al dibujante. Tuvo ocasión de entrevistarle y de participar, cediendo parte de su colección en homenajes y exposiciones, como la que le dedicó hace diez años el Círculo de Bellas Artes en Madrid. «Para mí es sin duda el autor más influyente que ha habido en España, el que supo crear el personaje que más llegó a las casas de los españoles», afirma el actor y coleccionista. «Ha dejado un legado muy importante en todos los que en algún momento posterior nos hemos dedicado al cómic, porque era imposible escapar de su influencia»

La huella de Ibáñez en el cómic español

De la misma opinión es José Luis Martín, también dibujante e historietista. «Nos ha influido a todos porque ha sido nuestro primer modelo», asegura Martín, uno de los fundadores de la revista satírica El Jueves y autor de personajes como Dios o Quico el progre: «Yo reconozco que todavía, en mis caricaturas, en mis dibujos, hay elementos de Ibáñez. Por ejemplo, utilizo a menudo en señores enfadados esos dibujitos de rayos y calaveras. Esto viene de cuando yo tenía diez años, y viene de Ibáñez. Y lo sigo utilizando porque además es un lenguaje que él institucionalizó y que la gente entiende. Y si pongo un señor rodeado de rayos, calaveras y nubes negras, la gente sabe que está muy enfadado. Yo eso lo aprendí con Ibáñez», asegura.

A Martín e Ibáñez no solo les unía la profesión, mantuvieron durante décadas además una relación de amistad. Se conocieron en Barcelona, ciudad natal de Ibáñez, cuando éste se dejaba caer de tanto en tanto por la redacción de El Jueves, cercana a la de Bruguera.

Martín guarda en su estudio varios originales que le regaló el maestro del humor; uno de ellos preside hoy su escritorio. «Yo siempre digo que la gran característica de Ibáñez era su extraordinaria generosidad con los lectores», destaca sobre el dibujante. «Con ochenta años – recuerda Martín – podía estar comiendo contigo y levantaba la sobremesa porque tenía que hacer esa tarde una portada y le urgía y tal… pero es que en esa portada él jamás la haría deprisa y corriendo, era una portada elaborada porque siempre su obsesión fue tener muy muy contento al lector».

Aunque no de forma evidente, la huella de Ibáñez está presente también en la obra de Raquel Gu, autora de cómics como La edad estupenda. «Mi trazo quizá no es muy Ibáñez, pero sí que hay un poso que se nota en la manera que uno de los personajes sujeta el cigarrillo con la boca», explica la ilustradora. «Esa pose está en algunos de los personajes de Ibáñez que sujetaban también el cigarrillo con la boca, es algo de lo que no eres consciente…no lo haces como homenaje, sino que te que te sale».

Como la mayoría de niños y niñas de este país en los setenta, Raquel Gu creció leyendo aquellos tebeos que – aún hoy – conserva con cierta nostalgia: «Mi hermana y yo jugábamos a buscar esos pequeños detalles de las portadas del Súper Humor que él iba dibujando, como un ratón haciendo algo, una colilla…».

Las desorbitadas cifras alrededor de los detectives de la T.I.A.

Raro es el dibujante que no cite a Ibáñez como referente, igual que es raro encontrar a alguien que a estas alturas no conozca a Mortadelo y Filemón. Dos personajes icónicos, cuyas aventuras y desventuras no solo han hecho reír a carcajadas a varias generaciones de lectores. «También consiguieron que los adultos empezaran a leer cómic», recuerda Carlos Areces.

Las cifras alrededor de los desastrosos detectives de la T.I.A. son desorbitadas: han vendido más de ciento cincuenta millones de tebeos en todo el mundo, traducidos a una decena de idiomas. Han sido -de lejos- los hijos más longevos de Ibáñez: a ellos dedicó sesenta y cinco años de su carrera, más de sesenta mil páginas y doscientas veintidós historietas largas. No hay otro dibujante – asegura Areces – que se haya mantenido fiel tantos años a una de sus creaciones: «Ni Uderzo con Asterix, ni Hergé con Tintín, ni Schulz con Carlitos y Snoopy… Nadie ha estado tanto tiempo dibujando sus propios personajes».

A lo largo de todo ese tiempo, a Mortadelo y Filemón les dio tiempo a vivir aventuras de lo más variopintas: salvar unos cuantos Mundiales de fútbol y otros tantos Juegos Olímpicos, enfrentarse a varias elecciones, la llegada del ordenador y el euro, la crisis económica, el cambio climático o el mismísimo Bárcenas. Sus aventuras, a menudo inspiradas en la actualidad, no dejaron de enganchar lectores. «Hay millones de personas que han aprendido a leer con Ibáñez y con sus historietas – afirma J.L Martín – es un auténtico fenómeno pop. Hay tres generaciones, como mínimo de españoles que han leído sus tebeos».

Aunque no fueron tan conocidos, hubo vida más allá de Mortadelo… como El Botones Sacarino o Chicha, Tato y Clodoveo, recuerda el divulgador sobre cómics Toni Guiral: «Evidentemente estaba también Rompetechos, están Pepe Gotera y Otilio o Trece Rúe del Percebe, que para mí es una de sus mejores series, una de las series más que más le distinguen».

Que era un talentoso dibujante hoy nadie lo dudaría. Aunque él se quitaba mérito, cuenta Jordi Canyissà, periodista experto en la obra de Ibáñez. «No se reconocía como un gran dibujante, no se reconocía como un gran artista. Pero nosotros, críticos, historiadores, editores, etcétera… tenemos que reivindicar y subrayar que ahí hay un talento – y creo que es una lástima que no se haya reconocido más». En 2002 se le concedió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, y en 2021, la Creu de Sant Jordi de la Generalitat.

La mayor recompensa para Ibáñez

Pero en esa carrera de fondo que fue la vida profesional de Ibáñez no hubo grandes premios: se les escapó el Premio Nacional del Cómic y el Princesa de Asturias, a pesar de las campañas para lograr que se lo otorgaran. «Creo que falta un reconocimiento más institucional y más oficializado de Ibáñez», opina Canyissà. «No sé si tiene que ver con su fama, no sé si tiene que ver con el que hizo historieta humorística, pero parece que otro tipo de historieta más seria es más fácil de reconocer». Una afirmación que comparte Carlos Areces: «Quiero pensar que, de aquí a un futuro cercano, alguna calle llevará su nombre. Pero esto es muy habitual, que demos el reconocimiento a toro pasado, póstumamente. Y no creo que a él le importara lo más mínimo, también te digo».

La mayor recompensa de Ibáñez – en la que volcaba todas sus energías – eran los encuentros con los lectores. Su firma, recuerda Toni Guiral, era siempre la más buscada en cualquier Sant Jordi o Feria del Libro: «Se pasaba dos o tres horas con unas colas larguísimas hasta que atendía absolutamente a todo el mundo, y además siempre muy bien. En todas las colas había lectores de todas las edades, de varias generaciones y para todos tenía una sonrisa, una palabra y una dedicatoria, siempre».

Algo en lo que coincide J.L Martín: «Él siempre decía que iba a seguir trabajando mientras llegara a un evento y viese una cola de gente esperando. Y esto te lo decía a los 70, a los 75, a los 80, a los 85 años…Es decir, su reconocimiento era su público y todo lo demás le importaba más bien poco».

Precisamente lectores a Ibáñez nunca le faltaron. Quizás por eso, como afirma Jordi Canyissà «el mejor homenaje que le podemos hacer es seguir leyéndolo, seguir riendo con sus páginas es lo que a él más le gustaría. Y seguir editando su obra, que esté disponible en librerías, en bibliotecas… que siga viva». La última viñeta de ‘París 2024’ demuestra que Mortadelo, una vez más, ha cumplido la misión.

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