El naufragio más letal de los últimos 50 años

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Hundido el Villa de Pitanxo en el fondo del océano Atlántico, en febrero del año pasado, y con los tres supervivientes de vuelta a casa, junto con los nueve cadáveres recuperados, se desbocó la polémica.

El patrón del barco, Juan Enrique Padín, le echaba la culpa a una avería en el motor, que dejó de funcionar en mitad de la tormenta, versión avalada por otro superviviente, su sobrino Eduardo Rial. “Llevábamos quince minutos virando (recogiendo la red), ya quedaba poco cable por virar y ahí es cuando se para el motor». Nunca lo llegaron a encender. «Entonces yo entiendo que no me ponían el auxiliar para poder desvirar maquinillas y veo que el barco empieza a coger escora y cada vez se acumulaba más el agua hacia proa, hacia babor” explicaba el patrón en la Audiencia Nacional.






El patrón del barco, Juan Enrique Padín, saliendo de la Audiencia Nacional. EN PORTADA

Con lo que nadie contaba era con la versión discordante, refrendada ante el juez, del marinero Samuel Kwesi, de origen ghanés, que en su declaración señala una maniobra del capitán como posible causa del naufragio. “Y de repente paró y cuando paró empezó a hacer maniobra girando a babor. Nosotros ya habíamos empezado a gritar ‘arría cable, arría cable, arría cable, arría cable’ y él no nos hizo caso. Cuando empezó a hacer la maniobra a babor porque al girarse el barco hacia babor le hizo escorar más”.

Reclaman grabar el barco hundido

Pasado mes y medio del hundimiento del barco, cientos de personas arroparon a los familiares de las 21 víctimas en la Alameda de Marín (Pontevedra) para reclamar algo que muchos creían imposible: grabar el barco hundido en las profundidades siderales del caladero de Terranova, en el Atlántico Norte.

No se puede hacer justicia sin bajar al barco, ahí es donde van a poder hacer una justicia de la buena

Al acto acudió Samuel Kwesi para reclamar lo que las víctimas llevaban reclamando desde el naufragio. “Pido al gobierno de España que por favor, mírame a la cara, si quiere hacer justicia, no se puede hacer justicia sin bajar al barco, ahí es donde van a poder hacer una justicia de la buena”. Los cientos de personas concentradas bajo la lluvia fina, pero persistente de abril, gritaron a coro “Samuel, te queremos”.






El marinero sukperviviente, Samuel Kwesi, durante el acto organizado en Marín por las familias de las víctimas del naufragio. EN PORTADA

Tenemos un factor común, una unidad, que es que queríamos a los nuestros. Que no queremos que perezca ese recuerdo sin haberle hecho justicia

Lo que no se podían imaginar los allí presentes es que, en aquel momento, los familiares de los 21 fallecidos empezaban una batalla judicial y política, de consecuencias imprevisibles. “Somos personas que no nos conocíamos previamente, que somos de tres continentes distintos, dentro de España, de tres comunidades distintas, y tenemos cada uno nuestra forma de pensar, nuestra forma de actuar, nuestras cargas culturales. Pero a todos, tenemos un factor común, una unidad, que es que queríamos a los nuestros. Que no queremos que perezca ese recuerdo sin haberle hecho justicia. Y eso es lo que está todavía vivo y seguirá vivo” cuenta María José de Pazo, portavoz de las familias, frente al monolito de homenaje a las víctimas en el puerto de Marín, en el que también está inscrito el nombre de su padre, Francisco de Pazo, jefe de máquinas del Pitanxo.

Petición en Bruselas

En julio de ese año 2022, las familias viajaron a Bruselas. Iban a pedirle a la Comisión de Peticiones que instara al ejecutivo español a financiar la bajada de un robot submarino para grabar el pecio y poder aportar pruebas sobre las causas de su hundimiento.






María José de Pazo, portavoz de las familias, frente al monolito de homenaje a las víctimas en el puerto de Marín. EN PORTADA

La gestión de Bruselas dio en el blanco y el gobierno español, a través del ministerio de Transportes, aprobó la financiación de la misión. Costó más de tres millones seiscientos mil euros. El 28 de mayo pasado, el buque Ártabro, de la compañía viguesa ACSM especializada en trabajos submarinos, localizaba el Villa de Pitanxo a 750 metros de profundidad en el fondo del océano.

Un robot, equipado con cámaras de alta definición y monitorizado desde la cubierta del Ártabro, realizó una minuciosa grabación del pecio, a tan sólo medio metro de distancia del casco. Las imágenes están a disposición de los peritos de CIAIM, la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos, que iban a bordo del Ártabro. Sus informes técnicos, que todavía no han sido entregados al juzgado central número dos de la Audiencia Nacional, que dirige el magistrado Ismael Moreno, pueden ser determinantes para esclarecer las causas del siniestro.






El 28 de mayo pasado, el buque Ártabro de la compañía viguesa ACSM, especializada en trabajos submarinos, localizaba el Villa de Pitanxo. EN PORTADA

Hubiera podido ir mucho más rápido si la bajada al barco se hubiera producido al principio

El bufete Méndez&Lampón de Ribeira (A Coruña) está especializado en asuntos marítimos. Representa a 17 de las 21 familias personadas como acusación particular en las diligencias. De hecho, fue el letrado de ese despacho, Manuel Lampón, quien presentó la querella criminal contra Juan Enrique Padín, el patrón del Pitanxo, y la empresa armadora, Nores, con sede en Marín. “Hubiera podido ir mucho más rápido si la bajada al barco se hubiera producido al principio, porque además hubiera sido lo más conveniente y se ha demostrado que efectivamente era la diligencia que tenía que haberse practicado”.

Lo que sí ha entrado en el registro del juzgado y en los ordenadores de las partes personadas es la grabación submarina del Pitanxo. La decisión de abrir el documental “¿Qué pasó en el Pitanxo?” con esas imágenes fue ineludible. Si el hundimiento del barco es el siniestro más grave de la flota pesquera española en los últimos cincuenta años, las imágenes de su casco recostado en el fondo marino, ligeramente escorado a babor, forman ya parte de la historia de las grandes catástrofes marítimas del siglo XXI.

Fuente

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