Elizabeth Jiménez impidió la cárcel al hombre que mató a su hija – Latinoamérica – Internacional


«Tuvimos que esperar en el hospital un montón de tiempo para ver el cuerpo y recuerdo que me puse a pensar: mi hija está muerta, pero ¿y dónde estará el muchacho?, ¿qué le estará pasando?, él me necesita, él está vivo».

Elizabeth Jiménez perdió a su hija María en un accidente de tránsito en marzo de 2017.

El joven al que se refiere es la persona que conducía el automóvil en que viajaba María. Era el chico con que salía.(Esta historia se publicó originalmente el pasado 24 de septiembre)

Nicholas Tay fue enviado a prisión en noviembre de ese año y salió en libertad casi dos años después, a finales de 2019.

Ambos compartieron su extraordinaria historia con BBC Mundo: Jiménez, desde su casa en Inglaterra, y Nick, como ella lo llama, desde su hogar, en Singapur.

A continuación sus relatos:

Elizabeth

María era mi sueño hecho realidad, porque ya teníamos el varón. Era mi niña querida, la mimaba mucho. Éramos muy unidas, éramos amigas.

Estudiaba lingüística en la Universidad de Brighton, y hablaba y escribía fluidamente español, inglés y coreano. Había hecho planes para irse a Corea del Sur a enseñar inglés y aprender de esa cultura.

También vivió un año en Costa Rica. Estaba muy orgullosa de su lado latino.

Foto:

CORTESÍA: FAMILIA JIMÉNEZ

A Nick lo conoció en la iglesia donde servía. Era una de las líderes del grupo juvenil y formaba parte del coro. Ambos tenían 24 años.

El día en que ocurrió el accidente, María había ido a una práctica del coro y después salió a comer con él.

Recién se habían empezado a gustar, estaba muy nueva esa situación. No tenían ni un mes.

Ella había tomado vino y le pidió a él que manejara su automóvil y que la llevara a la casa.

Pero antes dieron una vuelta.

Quizás por querer impresionarla, Nick se puso a manejar muy rápido.

Él era de Singapur y estaba estudiando en la Universidad de Surrey. No tenía los seguros, no conocía las calles de aquí y, como iba a muy alta velocidad, hubo una curva que no supo agarrar y ahí fue donde ocurrió el accidente.

Nick

Imagen de BBC, no usar.
Foto:

CORTESÍA: FAMILIA JIMÉNEZ

Comencé a salir con María en enero de 2017.

Lo primero que nos unió fue la música. Yo le hablé de mi pasión y ella me motivó a unirme a la banda de la iglesia.

Fue algo bastante raro, muy especial. Yo venía de Singapur y ella de Latinoamérica. ¿Qué probabilidades había de que nos lleváramos bien?

La noche del accidente bebimos bastante. Ella me preguntó si quería conducir. El plan era ir a su casa porque en la mañana nos íbamos a levantar temprano para ir a pasear por las colinas de Surrey.

Pero por alguna razón seguí conduciendo.

Iba tan rápido, quizás alcancé los 200 kilómetros por hora. Vi la curva y reduje la velocidad, pero no fue suficiente y perdí el control del automóvil.

Las bolsas de aire salieron y lo siguiente que recuerdo es estar colgado boca abajo, agarrado por el cinturón de seguridad.

Recobré la conciencia, pero me encontraba muy desorientado. Buscaba a María a mi lado y no estaba.

Eventualmente logré salir gateando por la ventana del asiento del copiloto. Todos los cristales estaban hechos añicos, todo estaba destrozado.

Cuando subí la mirada vi a un grupo de personas rodeando a alguien que estaba en el suelo.

Me paré, caminé hacia allá y me di cuenta de que era María. Me agaché, le besé la frente y le dije: «No te preocupes, todo estará bien».

Elizabeth

María murió a la 1:13 de la madrugada y la policía no pudo informarnos hasta las 6 de la mañana.

En ese tiempo estábamos todos viviendo temporalmente separados en casa de amigos, esperando encontrar un lugar definitivo para mudarnos. Por eso no estábamos registrados y tardaron en dar con nosotros.

Perder un hijo o una hija es horrible, es lo peor que te puede pasar. Nada te prepara para eso, ninguna experiencia dura del pasado se compara.

¿Sabe cuando uno se lleva un susto que siente que se le baja el alma a los pies? Yo estuve así más de un año. No podía retener información, tenía que apuntarlo todo, me tenían que explicar las cosas muchas veces.

Sentía como si un ácido me hubiese corrido todo el cuerpo, algo extrañísimo.

Nick

Imagen de BBC, no usar.
Foto:

CORTESÍA: FAMILIA JIMÉNEZ

Cuando los servicios de emergencia y la policía llegaron al sitio del accidente, me hicieron preguntas y una prueba de alcohol, que dio negativo, ese resultado me pareció increíble.

Uno de los paramédicos se me acercó y me explicó que se llevarían a María en un helicóptero, que los dos no podíamos ir al mismo hospital, porque ella estaba en un estado muy grave y había que trasladarla cuanto antes.

Insistí que me llevaran con ella, pero se negaron.

Cuando supe que había muerto, los sentimientos de dolor, culpa y vergüenza me hundieron. No me podía mover, estaba en el piso de la ambulancia, en posición fetal.

Me llevaron a un hospital. Recuerdo que gritaba desesperado. Creo que me sedaron porque me quedé dormido, no recuerdo que pasó. Cuando desperté estaba en una cama y un policía me dijo:

«Lamento mucho su perdida». Y me arrestaron bajo la sospecha de haber causado una muerte por conducción temeraria.

Elizabeth

Cuando llegamos al hospital para reclamar el cuerpo tuvimos que esperar mucho tiempo.

Fue ahí donde comencé a pensar que mi hija estaba muerta, pero Nick estaba vivo y seguramente necesitaba apoyo. Su hermano vivía en Inglaterra, pero sus padres estaban en Singapur.

Yo apenas lo conocía. Solo sabía lo que María me contaba, pero creo que por eso, porque ella me había compartido cómo se estaba sintiendo con él, nunca le tuve ningún resentimiento. Mi esposo sí, al punto de decir, de la cólera que tenía: «Yo a este lo mato».

Tuvimos reacciones muy opuestas, pero yo pensaba: «Si detrás de ese volante hubiera estado yo, o mi hijo, o mi esposo, si hubiésemos sido nosotros los que cometimos ese error, porque fue un error, no fue que Nick deliberadamente la mató, ¿cómo me gustaría que el mundo reaccionara?».

Para mí eso fue vital, como si Dios me hubiese dado una fuerza que yo ni siquiera sabía que tenía, que me permitió reaccionar así con el muchacho.

Pedí verlo.

No quería que él fuera otra víctima, porque sé de casos en los que la persona que sobrevive queda muy mal por dentro.

Dije: «Sí, esto es durísimo, pero aquí a nadie se le va a desgraciar la vida. En mi casa y a mi alrededor, eso no está permitido. Ya la desgracia pasó y ahí se acabó, ahí quedó».

Nos conocimos dos días después del accidente en una reunión que organizó el líder de la iglesia.

Fue en ese encuentro donde a mi esposo se le quitó todo el enojo que sentía.

Nick

Pasé una noche en una estación de policía. Al día siguiente un amigo y el pastor de la iglesia me visitaron y salí en libertad bajo fianza.

Era un miércoles y el jueves los fui a ver.

Estaba muy asustado, pero sabía que lo tenía que hacer. Sabía que no iba a poder vivir si no lo hacía. No quería que otra persona les contara lo que había ocurrido porque no les iba a dar la información precisa.

Cuando vi a Fernando y a Elizabeth, los abracé y les dije: «Lo siento, lo siento muchísimo». Se los repetía una y otra vez.

Necesitaba que me perdonaran.

Elizabeth

Cuando la policía presentó los cargos en su contra, Nick tuvo que dejar la residencia estudiantil, así que lo invitamos a vivir con nosotros. Compartimos casa un mes y medio.

Fue como si nos conociéramos desde hacía muchos años. Llorábamos juntos, hablábamos de María, de cosas que él quería saber, cosas que yo quería saber. Comenzamos a sanarnos entre los dos.

Con mi marido también estableció una relación importante. Él lo ayudó a arreglar la casa a la que se mudó con unos amigos. Desayunaban juntos, pintaban, almorzaban, iban a comprar lo que hacía falta.

Con el apoyo de mi hijo, también afrontamos juntos el proceso judicial.

Estuve con Nick en todas las reuniones con la policía, con los abogados, en las cortes. Leí cualquier cantidad de papeles, leyes, de todo, para conseguir la forma de evitar que fuera a prisión.

Escribí cartas ¿Qué no hice? Encontré en la ley algo que decía que si yo, como víctima, pedía misericordia, el juez podía considerar mi petición.

Les hicimos saber a todos nuestra postura: mi esposo, mi hijo y yo habíamos perdonado completamente a Nick, no teníamos nada en su contra, queríamos que él siguiera con sus estudios para que pudiera culminarlos y hacer una vida normal. Él no era un criminal, había cometido un error, sí, muy grave, pero eso no lo hacía un criminal.

En la búsqueda de casos similares, me di cuenta de que había otras personas que pensaban como yo, que una sentencia de cárcel no es la solución para este tipo de problemas.

Si la persona está deprimida o está en drogas, y ha sido la primera ofensa, una terapia es más eficiente, porque los meten en una celda y lo que pasa es que se deprimen más y eso es muy peligroso.

No fue fácil.

Me parecía injusto que, encima de estar sufriendo por la muerte de mi hija, tuviera que sentir la angustia de verlo a él en esas agonías. En lugar de ayudarme en mi tristeza, me estaban añadiendo más. Me molestó mucho, pero bueno, la ley es la ley.

Cuando salió la sentencia lloré bastante afuera de la corte.

Pero me puse otro objetivo: lograr que Nick no se fuera a deprimir en esa prisión, mantenerlo motivado tanto como pudiera.

Le mandaba cartas, libros, lo íbamos a ver para hacerlo reír y recordarle que él no pertenecía a ese lugar. Le hablábamos del futuro, de sus sueños, de lo bonito de la vida, de lo que le esperaba cuando saliera.

Hicimos todo lo que pudimos para que no estuviera mal, pero en los primeros meses cuando regresábamos al automóvil nos poníamos a llorar.

Nick

Con Elizabeth y Fernando aprendí lo que es el amor incondicional.

Una cosa es perdonar a alguien, tomas tu camino y le deseas que le vaya bien. Pero amar a alguien es muy diferente y más en nuestro caso.

Elizabeth iba a las audiencias conmigo y me decía que estaba muy segura de que no iría a prisión, pero cuando salió el veredicto, fue como si se hubiese roto en pedacitos.

Aun así no dejó de apoyarme.

Recuerdo que en mi última semana en prisión, Elizabeth y Fernando me visitaron tres veces.

La despedida estaba muy cerca, todo el mundo lo sabía, iba a ser deportado.

Tras cumplir mi sentencia, fui llevado de la prisión al aeropuerto, donde me hicieron abordar un avión que me llevó a Singapur.

Pero el contacto con ellos continuó.

Incluso viajé a Costa Rica con Fernando, y fue maravilloso. Amo ese país, la gente, los paisajes, la comida, especialmente los chicharrones.

Estoy esperando que pase el covid-19 para que vengan a verme a Singapur. Ya tienen los pasajes.

Elizabeth es la misma, está constantemente motivándome. No sé cómo lo hace, pero sabe cuándo estoy atrapado en mi propia mente, en mi propia oscuridad.

Elizabeth

No solo desarrollamos una relación con Nick, también con sus padres. Cuando venían a ver a los hijos, siempre los hospedábamos. Estuvimos los cuatro y fuimos con ellos a pasear a Londres y a París.

También visitamos la tumba de mi hija, le pusieron flores, nos llevaron a comer. Tenemos una relación muy bonita, los queremos mucho.

Y con Nick hablo todos los días.

Yo nunca sentí que tenía que perdonarlo, pero sí se lo dije porque él necesitaba oírlo. El perdón es solo una puerta, la de la reconciliación.

Lo más bonito que me ha dicho Nick es mami. Esa relación para mí es un regalo, cada vez que me dice esa palabra es muy significativo.

Siempre tengo la carita de mi hija conmigo, en todo lo que hago.

No puedo negar que el dolor todavía es muy fuerte, pero me doy un tiempo límite para sentirlo, porque si no empiezo a sentir que se me va a acabar el mundo.

Digo, por ejemplo, que por 10 minutos voy a dejar que ese dolor salga, la lloro y después me pongo a recordar las cosas bonitas de ella.

Le doy gracias a Dios por haberme permitido ser mamá de una hija, me seco las lágrimas y sigo adelante.

*Edición: Carolina Robino.

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